En nuestro país, más de cien mil personas por año sufren un accidente cerebrovascular. Detectar los síntomas y consultar rápidamente al médico reduce los daños. Casos que pusieron al ACV en boca de todos y testimonios que permiten hablar de la tan ansiada recuperación.
Domingo 24 de octubre de 2010 | Publicado en edición impresa

Foto Alma Larroca
Patricia camina sin temor, pero con cuidado. Paso a paso, en un reaprendizaje que refuerza todos los días. Y volvió a manejar, aunque todavía no se anima a las pistas del gym dance. Son mínimas las secuelas que le recuerdan el accidente cerebrovascular (ACV) que sufrió hace unos meses: sólo un poco de cabello que no termina de crecer para ocultar definitivamente la cicatriz de la cirugía.
El ACV es un episodio neurológico o daño que se produce por obstrucción o por ruptura de una arteria del cerebro. El primero, y más frecuente, es el accidente isquémico, y el segundo, el hemorrágico. Ese es el que padeció Patricia Rodríguez, de 43 años, y que le afectó la movilidad del brazo y de la pierna izquierdos. Un fuerte dolor de cabeza fue su único síntoma, característico del ACV hemorrágico, al que le siguió un desmayo, del que despertó 17 días después.
En el ACV provocado por una isquemia, en tanto, las señales de alerta aparecen en forma súbita: debilidad o adormecimiento repentino de la cara, brazo o pierna -usualmente de un lado del cuerpo-, dificultad para hablar, comprender el lenguaje o tragar; pérdida u oscurecimiento visual en uno o en ambos ojos, visión doble, pérdida del equilibrio o coordinación, mareos o vértigo y trastornos del carácter de aparición rápida, como irritabilidad, impaciencia e indiferencia, y mentales, como olvidos y alteraciones del juicio.
Reconocer los síntomas y hacer la consulta rápidamente es fundamental. Porque, dicen los que saben, el tiempo es oro. La realización de una tomografía computada o una resonancia magnética del cerebro son las herramientas para diagnosticar el tipo y la localización del ataque.
Además, hoy la medicina puede detectar si existe predisposición de un paciente a sufrir un ACV. Estudios como las angiografías por resonancia, las tomografías o el cateterismo permiten ver obstrucciones o malformaciones en las arterias. Los estudios se completan con un ecocardiograma, para descubrir anormalidades de la estructura del corazón o visualizar trombos, y el holter o monitoreo del corazón, para detectar arritmias.
En su momento agudo, el ACV isquémico tiene tratamiento. "Hay una medicación fibrinolítica [que favorece la disolución de trombos] compuesta por la droga rtPA, que aplicada dentro de las cuatro horas y media de producido el episodio aumenta un 50% las chances de mejoría. Actúa disolviendo el coágulo que tapa la arteria", explica el doctor Sebastián Ameriso, jefe de Neurología Vascular de Fleni y miembro de la Sociedad Neurológica Argentina. Luego de ese tiempo, el daño ya está instalado, el infarto se produjo y es irreversible, aumentando los riesgos de complicaciones y secuelas.